Mujer adulta y niña compartiendo audífonos conectados a una tableta mientras se miran. Ambas visten similar y son afro.

Claudia Pedraza

El concepto de autocuidado

Usualmente, asociamos la palabra autocuidado con prácticas y hábitos individuales relacionados con la salud y la higiene. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo define como la capacidad de las personas, las familias y las comunidades para mantener la salud y prevenir enfermedades. Lavarnos los dientes, comer sano, dormir mínimo siete horas, son parte de las pautas de autocuidado que incorporamos para estar bien. Pero cambiar la contraseña de nuestra computadora de forma periódica, verificar la información que recibimos en los mensajes de WhatsApp, restringir nuestras cuentas y perfiles… ¿también son formas de cuidarnos para estar bien?

El concepto de bienestar supera la dicotomía salud/enfermedad. Por eso, desde diferentes campos se ha retomado la noción de autocuidado para vincularlo a todas las prácticas que contribuyen a que las personas vivan en plenitud física, mental, y social, en los diferentes espacios que habitan, incluyendo el espacio digital.

Así, cuando hablamos de autocuidado digital nos referimos al conjunto de cono­cimientos, hábitos y decisiones para el uso cotidiano de las tecnologías sociodigitales, que contribuyen al bienestar personal y social.

Autocuidado digital, ¿para qué?

Si bien organizaciones como la ONU y la UNESCO han reconocido la relevancia de las tecnologías sociodigitales —también llamadas Tecnologías de Información y Comunicación (TIC)— para el desarrollo y bienestar de las personas al permitir el acceso a la información y potenciar las posibilidades de educación, trabajo y ocio, lo cierto es que en el espacio digital se reproducen diferentes prácticas nocivas que afectan la forma en la cual las personas participan en el mismo: insultos, amenazas, difusión de imágenes íntimas, usurpación de identidad, fraudes. Estas prácticas son parte del paisaje cotidiano que la comunidad usuaria de las TIC enfrenta mientras chatea con su familia, publica una opinión en su perfil de Facebook, revisa su correo laboral o comparte un video con el baile que es tendencia del momento. Aunque dichas prácticas difieren en su propósito e intención, la ONU las agrupa con la denominación de violencia digital, definida como aquella que se comete y expande a través de tecnologías digitales, redes sociales, correo electrónico o aplicaciones de mensajería móvil, y que causa daños a la dignidad, la integridad y/o la seguridad de las víctimas.

Y sí, en las redes y plataformas sociodigitales nadie está exento del insulto de los haters, el enlace fraudulento o los mensajes no deseados. No obstante, se ha detectado un factor estructural de género evidente en la frecuencia, el tipo y la intensidad de las prácticas violentas dirigidas a las mujeres. De acuerdo con The Economist Intelligence Unit, se calcula que, a nivel mundial, 38 % de la población femenina ha enfrentado personalmente este tipo de violencia, mientras que el 85 % ha sido testigo de la misma. Las prácticas de violencia contra las mujeres varían en función de su edad, su pertenencia a un grupo étnico racial, su clase socioeconómica, su nivel educativo, entre otras características identitarias; no obstante, la mayor parte de las agresiones que enfrentan se relacionan con su imagen, su sexualidad y su privacidad. Lo anterior provoca que muchas de las usuarias decidan no denunciar los ataques, por lo que viven sus consecuencias en solitario, en medio de discursos revictimizantes, y con estragos físicos, emocionales y sociales. La ONU señala que cerca de una tercera parte de las usuarias que enfrentan agresiones (28 %) reduce su presencia en línea. Es decir, la violencia digital afecta el acceso, uso y apropiación de las tecnologías sociodigitales por parte de la población femenina, alejándolas de otros derechos fundamentales que se habilitan en las mismas.

Es en este contexto que surge el autocuidado digital feminista, una iniciativa de diferentes colectivas latinoamericanas especializadas en tecnología y género. Si bien en la región de América Latina se han generado avances legislativos en torno a la sanción de la violencia digital, trabajar con la comunidad usuaria es clave para la erradicación de esta problemática. Estas iniciativas buscan desarrollar y fortalecer las habilidades digitales de las mujeres mediante manuales, sitios web, campañas y otros recursos que permiten enfrentar y prevenir la violencia digital en redes y plataformas desde un lugar distinto al miedo, la inseguridad o la desconfianza en las tecnologías sociodigitales.

Autocuidado digital contra seguridad digital, ¿no son lo mismo?

El autocuidado digital difiere de la noción de seguridad digital o ciberseguridad desarrollada por la informática, que se concibe desde un modelo de riesgos/amenazas para los sistemas, redes, archivos o dispositivos digitales. En este modelo, la seguridad digital engloba las medidas, herramientas y procedimientos para la protección de las tecnologías de los agentes hostiles del entorno. Estos agentes tienen una intención específica: pretenden obtener información protegida, suspender la actividad en línea, o aprovechar de forma maliciosa los datos de las personas usuarias. Pero la seguridad digital también se orienta a proteger a los sistemas, redes, archivos o dispositivos de las fallas de las personas usuarias, que se consideran el «eslabón más débil» porque son quienes abren el e-mail sospechoso, eligen una contraseña débil o publican información privada en sus redes.

Desde la perspectiva feminista, este modelo de ciberseguridad es cuestionable por tres aspectos:

  • Coloca en el centro de la protección a los dispositivos, redes y archivos, independientemente de las prácticas, la relación y los usos concretos de la población usuaria, a quienes solo reconocen como vectores de riesgo.
  • Desvincula las diferentes agresiones existentes en redes y plataformas de las condiciones estructurales y de las propias dinámicas de las tecnologías. Es decir, se asume que el origen de las violencias está en el propio entorno digital, sin vincularlo a la discriminación, los discursos de odio o los crímenes con los que se articulan offline; al tiempo que invisibilizan las formas en la arquitectura y funcionamiento de redes y plataformas digitales pueden facilitar estos abusos y ataques.
  • Se conciben «usuarios estándar» en un cierto ámbito de acción (es decir que solo son estudiantes, personas trabajadoras de una empresa o clientela, etcétera), omitiendo que las personas transitan entre los espacios digitales y presenciales con múltiples roles en los que alternan sus cuentas, perfiles y dispositivos. Así, numerosos problemas de seguridad digital de grupos de población específicos (entre ellos, las mujeres) quedan fuera de los modelos convencionales de amenazas y riesgos de la red, descontextualizando las experiencias concretas en espacio digital, reafirmando las relaciones de poder y mandando un mensaje sobre qué y a quienes vale la pena proteger.

La contrapropuesta del autocuidado digital coloca en el centro el cuidado de las personas usuarias, más que la protección de las tecnologías. Este cambio de enfoque no es menor: se considera que lo que se vulnera no son los dispositivos, las redes o los archivos, sino la intimidad sexual, la privacidad, la imagen o la tranquilidad de las personas. Asimismo, desde la idea de la protección, se puede omitir la agencia de quienes usan las tecnologías, que en la propuesta de autocuidado es fundamental, ya que son ellas quienes toman las decisiones para sus interacciones en el espacio digital.

Por eso, el autocuidado digital no prioriza un conjunto de medidas mecánicas o catálogo de herramientas estándar de seguridad, sino que parte de los conocimientos, la reflexión y los hábitos concretos de los diferentes sectores de la comunidad usuaria para promover principios y prácticas que de manera autónoma, individual y contextual contribuyan al bienestar de las personas. Particularmente, de las mujeres, considerando la diversidad de situaciones que pueden incidir en sus usos tecnológicos: las pautas de autocuidado digital para las migrantes van a ser distintas de aquellas que incorporan las adolescentes, las adultas mayores, las universitarias o las periodistas. Desde el autocuidado digital no hay «usuarias tipo», sino una comunidad con trayectorias de vida diversas atravesando su relación con las tecnologías.

¿Qué tiene que ver el autocuidado digital feminista con las alfabetizaciones digitales?

El autocuidado digital se enmarca en las alfabetizaciones digitales críticas, porque en el centro de la propuesta está el desarrollo de habilidades digitales para el uso de los dispositivos, redes y plataformas que no solo son instrumentales, sino también cognitivas y comunicativas. Lo que se propone es que los aprendizajes orientados al uso de las tecnologías vayan más allá de conocer cómo utilizar un gestor de contraseñas, una aplicación de mensajería cifrada o una conexión VPN; sino que los conocimientos que se generen sean significativos, reflexivos y motivadores para la participación activa y responsable en las TIC. 

¿Por qué a este proceso se le añade el adjetivo de «feminista»? Porque desde el autocuidado digital se analizan las formas en que el género, en tanto orden social, atraviesa las tecnologías y las prácticas sociodigitales reproduciendo relaciones de violencia, discriminación y desigualdad hacía las mujeres; pero este análisis se hace con el fin de ubicar los conocimientos y habilidades necesarias para transformar dichas formas y, con esto, contribuir a la plena apropiación de las tecnologías digitales por parte de la población femenina. Así, algunos rubros que se trabajan desde el autocuidado digital feminista son:

  • Identificación de las formas de violencia digital de género, no solo recibidas sino también ejecutada y observadas.
  • Difusión de legislaciones, mecanismos de denuncia y sanciones para los tipos de la violencia digital de género.
  • Concientización sobre discursos sexistas, lesbofóbicos/homofóbicos, agresivos y discriminatorios que se reproducen en las TIC.
  • Construcción de la identidad digital en redes y plataformas, así como el impacto en la subjetividad, la autopercepción y la corporalidad de las mujeres.
  • Formas de relacionarnos y expresarnos sexo-afectivamente a través de las tecnologías sociodigitales.
  • Comprensión de las lógicas extractivistas de las tecnologías, particularmente a partir de la explotación de la corporalidad, la sexualidad y la imagen de las mujeres.

Estos temas se vinculan con medidas y herramientas de seguridad digital, pero desde una mirada integral, que no se limita al entorno online. Así el autocuidado digital promueve el uso de contraseñas seguras para dispositivos y perfiles, pero no como simples tips, sino en el marco de la reflexión sobre la privacidad de las mujeres, el amor romántico y otros factores de género que las hacen necesarias; o presenta alternativas para el intercambio de imágenes por servicios de mensajería, pero las relacionan con discusiones sobre el derecho a la imagen, el ejercicio libre de la sexualidad o el consentimiento. Los manuales, sitios web e infografías presentan recursos informacionales, instrucciones para desarrollar habilidades instrumentales pero, sobre todo, intentan generar una reflexión crítica sobre las prácticas digitales propias, para que no surjan desde el miedo, la culpa o la prohibición, sino que permitan hacer de las tecnologías digitales un espacio para el bienestar físico, mental y social de todas las mujeres.

Para seguir aprendiendo

Claudia Pedraza Bucio. Doctora en Ciencias Políticas y Sociales y Maestra en Comunicación por la UNAM. Especialista en perspectiva de género, comunicación y medios. Actualmente, es Jefa de Investigación del Departamento de Arquitectura, Diseño y Comunicación de la Universidad La Salle Ciudad de México.

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