Ingrid Bachmann y Sebastián Valenzuela

Se suele decir que una ciudadanía informada es clave para el buen funcionamiento de la democracia y por eso informar sobre verdades verificables (y verificadas) es tarea fundamental del periodismo profesional.

Sin embargo, la proliferación y difusión de la información errónea o deliberadamente falsa, acompañada de un entorno mediático digitalizado, interconectado y polarizado, está reconfigurando fundamentalmente el panorama de la información en ámbitos como la política, la ciencia, la salud y todo tipo de asuntos públicos. Esto ha dado pie a los llamados desórdenes informativos, es decir, la difusión masiva de desinformación y sus parientes cercanos, como la propaganda, los rumores, las conspiraciones, las medias verdades y la información sesgada. Esto tiene importantes consecuencias: la evidencia internacional muestra que estos desórdenes influyen en las percepciones de las personas y pueden socavar la confianza en instituciones como los medios de comunicación.

Diversos estudios en todo el mundo dan cuenta de que la gente se encuentra regularmente con desinformación, suele creer en estos mensajes e incluso ha compartido información que resultó ser desmentida. No es de extrañar, entonces, que este problema se haya convertido en tema de discusión en varios países en momentos de crisis sociales y políticas, en contextos electorales y en torno a la pandemia del COVID-19.

Como explican Lewandowsky y van der Linden (2021), la desinformación no solo desinforma, sino que pone en tela de juicio la posibilidad de conocer la información en su conjunto, y se ha vinculado a contextos de posverdad que van de la mano con la disminución del capital social, las grandes desigualdades económicas, la polarización, la desaparición de la confianza y ecosistemas mediáticos fraccionados (Lewandowsky, Ecker y Cook, 2017).

La respuesta desde el periodismo

El fenómeno de la desinformación también sugiere que la capacidad del periodismo para transmitir los hechos al público es cada vez menos eficaz e incluso está en entredicho. La principal respuesta de medios y reporteros a los desórdenes informativos ha sido el fact-checking, o periodismo de verificación, con el cual se busca corregir desinformaciones y desmentir falsedades. Esta innovación ha abierto una veta para ampliar el alcance del periodismo a partir de verificar sistemáticamente datos y hechos.

Sin embargo, la efectividad de este tipo de esfuerzos periodísticos a veces es cuestionada. Los desórdenes informativos son complejos y multidimensionales, y por eso no bastaría con desacreditar falsedades o rumores para contrarrestarlos. No todo contenido es verificable, ya que hay varios mensajes —como opiniones, datos no factuales o proyecciones sobre el futuro— sobre los que no se puede hacer un chequeo o fact-check.

Además, al verificar datos muchas veces se amplifica una falsedad y se familiariza a la gente con esa desinformación. La mera exposición a correcciones puede hacer evidente que buena parte de los mensajes que circulan en la esfera pública no son correctos. Esto puede redundar en acrecentar las dudas y controversias sobre la calidad del trabajo periodístico. Si consideramos que la confianza en medios tradicionales ha ido disminuyendo a nivel global desde fines de la década de los ochenta y que no todas las personas son igualmente receptivas a la verificación de datos, la exposición a corrección de (des)información podría traducirse en efectos contraproducentes. 

¿Funcionan estas correcciones?

Eso fue precisamente lo que investigamos a partir de dos experimentos realizados en Chile en septiembre y en diciembre de 2021 y donde estudiamos dos temas en los que abunda la desinformación: la pandemia del COVID-19 y la más reciente elección presidencial. El proyecto, que contó con financiamiento de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile, está disponible en el sitio www.efectofactcheck.cl y aquí entregamos nuestros principales hallazgos (más detalles disponibles también en esta presentación en video).

En total, en los dos estudios reclutamos casi mil 500 mayores de edad con acceso a internet, a quienes asignamos aleatoriamente a diferentes grupos. En ambos experimentos un grupo leyó noticias sobre otros temas (grupo de control o «información»); otro grupo leyó afirmaciones que han sido confirmadas como falsas (grupo «desinformación») y un tercer grupo leyó correcciones a esas mismas afirmaciones (grupo «chequeo»), con fact-checks escogidos a partir de casos reales, pero creados especialmente para nuestra investigación. En el caso de las elecciones, medimos tanto desinformaciones como chequeos referidos a cada uno de los dos candidatos que llegaron a la segunda vuelta, uno de centroizquierda y el otro de derecha.

A todos los grupos les preguntamos cuán creíbles encontraban una serie de afirmaciones, incluidas las que vieron las personas en los grupos de desinformación y de chequeo. Los resultados confirman que el fact-checking funciona: en ambos experimentos, el grupo expuesto a chequeos aumenta en promedio 9 % sus niveles de información —esto es, cuán precisa es la creencia que tiene— comparado con el grupo expuesto solo a desinformación (Figura 1). Es decir, la exposición a fact-checks incide positivamente en la creencia de las personas en información correcta.

Figura 1. Fuente: elaboración propia.

El impacto es tan fuerte que las personas expuestas a fact-checks resultan mejor informadas que aquellas del grupo de control que solo vio información, sin exposición a desinformación ni verificaciones. Estadísticamente hablando, la magnitud de este efecto es similar o incluso mayor al reportado en estudios realizados en otros países.

También estudiamos si había maneras de presentar chequeos que fueran más eficientes que otros. Así, probamos con dos elementos que han mostrado incidir en cuán creíbles y persuasivos consideran las audiencias los contenidos periodísticos: la transparencia (es decir, información sobre cómo y por qué se hizo la corrección) y la emocionalización (recursos que exacerban la carga emocional del contenido, como imágenes en primeros planos). Hasta donde sabemos, estos atributos no han sido estudiados en el contexto del fact-checking y por eso en nuestros experimentos presentamos a las personas diferentes chequeos que combinaban alta o baja transparencia, y alta o baja emocionalización, como se muestra en el ejemplo más abajo (Figura 2):

Figura 2. Fuente: elaboración propia.

Para nuestra sorpresa, el formato específico no hizo ninguna diferencia. Todos los chequeos fueron igualmente eficaces corrigiendo desinformación, independientemente de la forma en que se presentara la corrección. Tampoco vimos que algún formato generara más interacciones con la audiencia, como darle «me gusta», comentar o compartir el chequeo.

¿Qué pasa cuando el chequeo va en contra de las creencias políticas de las personas?

Al menos en teoría, la efectividad de los fact-checks puede verse matizada por los llamados sesgos de confirmación, esto es, la tendencia de las personas a privilegiar la información que confirma sus creencias previas.

Esto lo investigamos en el segundo experimento. En el contexto de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales chilenas, comparamos fact-checks a favor de uno y otro candidato y si acaso estas correcciones eran favorables a la propia identidad política de quienes participaron en el estudio. Los resultados muestran que el impacto del fact-checking es significativamente más fuerte cuando las correcciones son favorables al propio candidato, esto es, vienen a reforzar nuestra preferencia (Figura 3).

Figura 3. Fuente: elaboración propia.

Este sesgo de confirmación en el efecto del fact-checking fue más notorio entre quienes se declaran votantes de José Antonio Kast, el candidato de derecha, que en los de Gabriel Boric, el candidato de centroizquierda (y quien finalmente ganó la elección). Dicho eso, los y las votantes de uno y otro candidato partían de bases distintas: en nuestra muestra, quienes se declaraban a favor de Kast estaban en general más informados que los votantes de Boric.

Más importante aún, el efecto de estos sesgos es relativamente moderado y no anulan el impacto positivo del fact-checking en los niveles de información de las personas encuestadas. Es posible que esto cambie en la medida que aumente la polarización política: al extremarse posiciones, la eficacia de las correcciones de desinformación podría verse afectada.

¿Incide el fact-checking en la confianza en los medios?

Hemos confirmado que el periodismo de verificación es una herramienta eficaz para reducir la desinformación, pues logra mejorar la precisión de las creencias de las audiencias. ¿Pero tiene efectos más allá de eso? En la medida en que las correcciones aumentan las evaluaciones de credibilidad y el compromiso con las noticias, es probable que el fact-checking mejore la confianza en los medios de comunicación. Por el contrario, la corrección de desinformación podría desacreditar aún más el periodismo al hacer evidente que hay falsedades y errores en el discurso público.

Esto también lo examinamos en los dos experimentos. En el estudio sobre COVID-19 no observamos ninguna diferencia en confianza en los medios o en sus contenidos. Pero sí detectamos un efecto estadísticamente significativo y negativo en el estudio sobre las elecciones presidenciales, donde vemos que las personas expuestas a chequeos tienen entre un 6 % y un 8 % de menor confianza en los medios de comunicación y sus contenidos en comparación con el grupo que solo vio desinformación (Figura 4).

Figura 4. Fuente: elaboración propia.

El formato específico del chequeo no parece hacer diferencias en los efectos del fact-checking en la confianza. Tampoco encontramos subgrupos de usuarios en los que el fact-checking alterara la confianza de manera significativa.

El desafío de corregir desinformación

Chile viene experimentando un desorden informativo hace tiempo. Una encuesta realizada en 2019 a propósito del llamado «estallido social» dio cuenta de que uno de cada tres usuarios vio o escuchó una desinformación sobre las masivas protestas que sacudieron al país ese año. Un estudio similar en 2020 reveló que la cifra se duplicaba al preguntar por falsedades sobre el COVID-19.

Es más, la mayoría de las personas que participaron en nuestra investigación reconocen estar bastante expuestas a la desinformación. Sin embargo, otro de nuestros hallazgos es que en general las audiencias chilenas no están muy familiarizadas con el fact-checking, a pesar de la proliferación de este tipo de iniciativas en el país en los últimos años. Así, menos de un tercio de los y las participantes del primer estudio (31%), en septiembre de 2021, dijo haber visto o escuchado del fact-checking, pero para el estudio 2, tres meses después, esta cifra había aumentado significativamente (41%) (Figura 5). Posiblemente esto tiene que ver con el intenso periodo electoral, pero es una señal importante el que el público acceda a más verificaciones, así haya recelos sobre el proceso. De hecho, en nuestra investigación solo una minoría (aproximadamente el 40%) expresa «bastante» o «mucha confianza» en el fact-checking. Sin embargo, ese porcentaje es significativamente mayor que la confianza reportada en medios tradicionales y redes sociales, lo que pinta bien para el periodismo de verificación.

Figura 5. Fuente: elaboración propia.

A modo de conclusión

El periodismo, tanto como industria y como profesión, atraviesa por una crisis. Como señalan Barbie Zelizer, Pablo Boczkowski y C.W. Anderson en su reciente libro The Journalism Manifesto, se está volviendo cada vez más irrelevante en términos económicos, culturales y sociales, y los desórdenes informativos son un claro ejemplo de esta crisis.

Nuestra investigación deja claro que el fact-checking no va contribuir a solucionar la crisis de los medios. Ni siquiera tiene impacto en la confianza en la industria periodística o sus contenidos. Pero el periodismo de verificación sí cumple con su cometido. Logra reducir la desinformación, incluso en un contexto de creciente descontento social y desconfianza generalizada como el chileno. El fact-checking es, por lo tanto, un servicio público no solo necesario, sino también rentable socialmente hablando. Nuestros estudios muestran que incluso personas altamente críticas se pueden beneficiar de mejor información y creencias más precisas, sobre todo si están bastante expuestas a desinformación, como ellas mismas reconocen.

Esto subraya la importancia de seguir examinando la exposición a la corrección de la desinformación, y la medida en que influye en que las audiencias consideren a los medios de comunicación como sesgados, incompetentes o manipuladores. Sin una comprensión clara de ello, se corre el riesgo de proponer soluciones ineficaces o directamente erróneas a la información falsa.

Para seguir aprendiendo

Ingrid Bachmannn (@ingrid_bachmann) es profesora asociada de la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde dirigió la Escuela de Periodismo entre 2016 y 2020. Su investigación aborda temas de narración periodística, comunicación política y género.

Sebastián Valenzuela (@sebavalenz) es profesor asociado de la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile e investigador asociado del Instituto Milenio Fundamentos de los Datos. Su investigación se centra en la opinión pública, la comunicación política, las redes sociales digitales y el periodismo.

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