Laura Martínez Aguila

Cuando hablamos de los derechos de las audiencias como una de las principales herramientas para fomentar la participación de televidentes y radioescuchas usualmente planteamos un escenario ideal: mensajes de las audiencias señalando casos concretos de, quizá, parcialidad informativa. Por ejemplo: la editorialización al hecho noticioso, cargado de la interpretación u opinión de quien da la nota, antes que una contextualización de los hechos. 

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el ejercicio legítimo de nuestros derechos como audiencias de los medios de comunicación —consagrados en el artículo 6° de la Constitución Mexicana y en la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión (artículos 256 y 258)— lo utilizamos como pretexto para silenciar otras voces? En concreto, silenciar las voces de las mujeres en la radio pública.

En diciembre de 2020 y febrero 2021 en la Defensoría de Audiencias del Instituto Mexicano de la Radio (IMER) se volvió necesario analizar en su particularidad algunos mensajes recibidos, específicamente en la red sociodigital Twitter, y se tradujeron en el reporte Rudeza Innecesaria. El moralizante micromachismo participativo.

Los principales hallazgos en esta concreta revisión a un segmento muy particular de mensajes, cuya categoría queja no daba cuenta de ningún derecho vulnerado, consisten en la visión o lectura por parte de algunas de las audiencias, usuarias de redes sociodigitales, de ejercer sus derechos para referirse a la labor de mujeres locutoras en espacios de noticias y programas de música rock, así también al frente de la gerencia de la emisora de rock del IMER, como sujetas incompetentes, sin méritos; ergo, deberían estar fuera del cargo. ¿Cuál es el origen de estas ideas?

La diferencia entre el ruido de las bestias y la razón de la palabra

De acuerdo con el filósofo francés Jacques Rancière (1996), el desacuerdo es aquello que forma la naturaleza de lo político, para cuestionar el orden establecido de las cosas, para ello revisa la organización sociopolítica en Roma entre patricios y plebeyos.

Rancière nos dice que ese disenso o desacuerdo es planteado entre aquellos que pueden participar del diálogo, pues poseen legitimidad como interlocutores para hacerlo; esta es la principal distinción entre logos y phoné: el logos es la palabra que da cuenta de la capacidad de raciocinio, debate; mientras phoné es un ruido inarticulado, similar al de las bestias de arado. Quien tiene phoné no puede pensar propiamente, pero ¿cómo se decide quién posee la legitimidad en la interlocución y quién no?

Si la idea de Rancière la complementamos con los planteamientos de Mary Beard en Mujeres y Poder, en el apartado donde revisa «La voz pública de las mujeres» encontramos que, a lo largo de la historia occidental, tanto en la mitología griega como en la filosofía política desde los romanos, las mujeres estuvieron fuera de la interlocución legítima en los asuntos de la res pública. Filósofos como Aristófanes entretenían la idea de que las mujeres no podían hablar en público con propiedad, ergo, sería hilarante y ridículo que estuviesen en condiciones para hacerse cargo del Estado. Ante esto Beard ensaya una idea potente:

A las mujeres se les permite hablar para abogar por su familia o por otras mujeres. Pero no pueden hablar por los hombres o por la comunidad entera. Y cuando lo hacen, se convierten en sospechosas de haber tomado un poder de forma ilegítima. Mientras más sube una mujer en la escalera del poder, se enfrenta a un grado cada vez mayor de violencia por parte de un sistema que la ve como usurpadora y espera constantemente que se equivoque para señalarla y aplaudir su caída.

Por lo tanto, la exclusión de las mujeres del espacio público así como de la posesión de la palabra (logos) configura un arquetipo que atraviesa transversalmente a sociedades con valores patriarcales. Resuena en el epicentro del ejercicio de la palabra en público: los medios de comunicación, donde por ejemplo vemos apenas una tercera parte de la cobertura periodística firmada por mujeres en las áreas de redacción de la prensa (CIMAC, 2020).

Las mujeres en la radio pública

Un elemento clave del contexto para los mensajes analizados desde la Defensoría para el reporte Rudeza innecesaria… es que se referían a una mujer joven en una posición de poder —la gerencia de una estación— y, por otro lado, una emisora de rock. Es decir, hay al menos tres condiciones que bajo la lógica del phoné, la usurpación como acabamos de ver con Beard y Rancière, la convertían en susceptible de ser incapaz, ignorante frente a las funciones.

De ahí se explica que los mensajes revisados se trataron de usuarios que, mediante una conducta acusatoria, quedaban a la espera de sanción o punición con un solo argumento: las mujeres eran incompetentes.

¿Cuáles serían las características ideales, incuestionables para que una mujer joven esté al frente de la locución de un programa de rock, de noticias o incluso de una estación y responda a la altura del cargo? Mary Beard nos diría que, al igual que con las mujeres en la política, la solución es desproveerlas de los rasgos femeninos, porque cuando los oyentes escuchan una voz femenina la encuentran desprovista de autoridad.

Dando el salto hacia lo que ocurre en medios de comunicación, Aimée Vega Montiel y Patricia Ortega Ramírez (2014) relacionan la teoría crítica feminista con la economía política de la comunicación para evidenciar un sesgo en el ejercicio comunicativo: la falsa neutralidad, la cual parte desde la mirada masculina que desconoce las jerarquías, las asimetrías del ejercicio de poder, la división del trabajo, la posición y origen de clase así como la explotación o injusticia. Ortega y Vega apuestan por reflexionar el vínculo entre comunicación y poder: ¿quiénes tienen el derecho a hablar?

La presencia de las mujeres en los medios de comunicación públicos como interlocutoras, voces autorizadas, al igual que en la toma de decisiones programáticas, editoriales y directivas impacta en dos pilares fundamentales para comprender a la comunicación pública: la pluralidad y la diversidad. Gracias a ello, podemos visualizar también los retos que tenemos de frente al sistema de valores que da forma a las lecturas e interpretaciones de las audiencias: las reglas del patriarcado.

Participar y quejarse… ¿es machista?

La respuesta es no. Solo a partir de la revisión a la intencionalidad discursiva de las enunciaciones revisadas fue posible generar esa tipificación, así también con la ayuda de Rita Segato.

Rita Segato afirma que los mandatos de masculinidad se basan en la construcción social de la relación de los hombres con las mujeres desde la represalia, son dimensiones simbólicas del poder masculino mediante la violencia, por tanto «se atribuye el derecho de punir a la mujer a quien atribuye desacato o desvío moral […] el estatus masculino depende de la capacidad de exhibir esa potencia, donde masculinidad y potencia son sinónimos» (2018).

Los mandatos de masculinidad reafirman a los hombres bajo seis tipos de potencia: sexual, bélica, política, económica, intelectual y moral. Los últimos dos se tomaron para analizar este tipo de mensajes, por estar directamente vinculados a la propiedad moralizante, correctiva, punitiva pero también de exhibición y ridiculización de la mujer y su comportamiento desvirtuado.

Vamos a ver la composición de los mensajes, revisados bajo la perspectiva de Segato:

Potencia intelectualPotencia moral
No sabe // no esta preparada“Usan recursos federales”
“Seudo locutores”; “seudo comunicadores”“Medios con recursos del gobierno”
“No muy inteligente hacerlo en público” “Se pagan con impuestos”
“Debería ser prudente y no dejarse llevar por sus emociones”“El cargo debería darte limitaciones” // “esto no debió pasar, menos burlarse de un meme de mal”
“Que mal gusto”“Es saber en qué papel estás” // “cómo aguantan una clasista en la agencia”
“Deja mucho que desear”“Debería saber que sus opiniones solo en privado”
Directora // Servidora pública // “Gerenta”“Como servidora pública y teniendo la posición que tiene”
“Que chistosa” // “la iluminati”“Se burla de lo que debería defender”
“Diría que es un chiste para inteligentes” “Se volcarán para defenderla”
Cuadro 1. Clasificar el machismo. Fuente: elaboración propia.

Las 25 enunciaciones agrupadas en Potencia intelectual buscan explícitamente infantilizar y desautorizar la voz de una mujer cuyas opiniones ni siquiera expresó al aire en la radio, sino en su cuenta personal de Twitter, la cual es pública (como la de muchos locutores de la estación) para el contacto con las audiencias.

Simultáneamente, los 11 mensajes situados hacia la Potencia Moral apelan a un deber ser con base en altos estándares de compromiso y comportamiento apropiado. La Potencia moral es aquella a partir de la cual una persona de sexo masculino y socializada como varón aprende que tiene derecho a señalar y castigar de forma probada, espectacularizada. De ahí la expectativa a un castigo por parte de la Defensoría a los comentarios vertidos por la gerenta de la emisora de rock, en su red social.

A diferencia de la Potencia intelectual, donde la violencia simbólica infantiliza, silencia a las mujeres, la Potencia moral habilita al agresor frente a su víctima pues «es un sujeto moralista y puritano […] se alimentan de un tributo, de una extracción, de un impuesto que se retira de la posición femenina, cuyo ícono es el cuerpo de la mujer, bajo la forma del miedo femenino, de la obediencia femenina, de servicio femenino» (Segato, 2018).

Es aquí donde llegamos al rompecabezas de la violencia digital contra las mujeres.

Monitorear actividades en línea para acusar de incapacidad frente al micrófono

El estudio de 2017, realizado por la colectiva feminista Luchadoras MX, La violencia en línea contra las mujeres en México, retoma la definición de la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC) para entender que la violencia contra las mujeres, relacionada a la tecnología se refiere a:

«Actos de violencia cometidos, instigados o agravados, en parte o totalmente, por el uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), plataformas de redes sociales y correo electrónico; y causan daño psicológico, emocional, refuerzan los prejuicios, dañan la reputación, causan pérdidas económicas y plantean barreras a la participación en la vida pública y pueden conducir a formas de violencia sexual y otras formas de violencia física» (APC, 2015).

En la medida que los mensajes de las audiencias no solo fueron recibidos a través de las redes sociales de la Defensoría, sino que además hacían referencia a un seguimiento de las actividades de las locutoras y gerenta en cuestión de la emisora, al menos cinco tipologías de violencia digital fueron detectados en los mensajes:

  1. Monitoreo y acecho
  2. Expresiones discriminatorias
  3. Acoso
  4. Desprestigio
  5. Afectaciones a canales de expresión

¿De qué manera operan la Potencia Moral, la Potencia intelectual y la violencia digital conjugadas? Miremos el siguiente cuadro:

DesprestigioMonitoreo y acechoAcosoExpresiones discriminatoriasAfectaciones a canales de expresión
Potencia intelectualNo sabe // no esta preparada

“Seudo locutores”; “seudo comunicadores”

“Deja mucho que desear”
“Que mal gusto”

Directora // Servidora pública // “Gerenta”

“Diría que es un chiste para inteligentes”
“Que chistosa”

“la iluminati”
“Debería ser prudente y no dejarse llevar por sus emociones”“No muy inteligente hacerlo en público”
Potencia moral“Usan recursos federales”

“Medios con recursos del gobierno”

“Se pagan con impuestos”

“cómo aguantan una clasista en la agencia”
“El cargo debería darte limitaciones”

“Es saber en qué papel estás”
“Se burla de lo que debería defender”

“Se volcarán para defenderla”

“esto no debió pasar, menos burlarse de un meme de mal”
“Como servidora pública y teniendo la posición que tiene”“Debería saber que sus opiniones solo en privado”
Cuadro 2. Correlación de los micromachismos. Fuente: elaboración propia.

Estas participaciones requieren de un tratamiento distinto en las Defensorías, pues resultan divergentes del ejercicio de derechos ante el quehacer comunicativo. Por el contrario, se trata de mensajes reproduciendo violencias simbólicas ejercidas cotidianamente contra las mujeres. Replantean desafíos para las Defensorías de audiencias en cómo diseñar estrategias de Alfabetización Mediática e Informacional que atraviesen la comprensión de los derechos de las audiencias, el quehacer de las Defensorías (no son un buzón de quejas, ni instancias de castigo) y, lo más importante, la responsabilidad colectiva del derecho humano a la información que nos demanda asumirnos actores activos del proceso comunicativo, mediático, atravesando la variable de género, como una entre varios otros ejes fundamentales para cuestionar las narrativas violentas entre hombres y mujeres en los entornos cotidianos, naturalizadas por los medios de comunicación y normalizadas por nuestro propio actuar.

Para seguir aprendiendo

Laura Martínez Aguila (@maugaltra). Comunicóloga, interesada en derecho a la información y posibilidades participativas de las audiencias. Defensora de las audiencias del IMER, integrante de la AMDA y de la OID.

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