Darwin Franco Migues
María, quien busca a sus cinco hijos, enfoca su mirada en el baldío; allí donde no parece haber nada, es capaz de identificar indicios: plantas que no deberían crecer ahí, maleza intencionalmente removida, tonalidades de tierra que indican acción humana e irregularidades en el terreno que han creado cavidades.
Raúl mira el mismo terreno, pero enfoca su mirada en otra cosa: las entradas y salidas del lugar, la cercanía del terreno baldío con las viviendas, los objetos que tampoco deberían estar ahí, cables, cuerdas o casquillos de bala, así como las marcas impregnadas en el suelo, que pueden ir desde pisadas hasta testigos del paso de vehículos o motocicletas. Identificarlo todo es clave para buscar a su hijo.
Mary Chuy, en cambio, no mira el lugar donde se realizará la búsqueda de campo, sino que se dedica a observar a quienes salieron a buscar a sus amores desaparecidos. Esto lo hace con el objetivo de identificar a quienes están a punto de quebrarse física y emocionalmente, pues buscar a una persona desaparecida en México conlleva aprender a gestionar el dolor de forma personal y colectiva. Identificar esos puntos de quiebre le permite acuerpar y restituir a quienes, como ella, buscan a sus hijas o hijos desaparecidos.
La capacidad de ver «más allá de lo evidente»es el resultado de una serie de aprendizajes dentro de un proceso (educativo) que conjunta dolor y esperanza, pues lo que hacen María, Raúl y Mary Chuy es poner en práctica todo aquello que, de manera forzada, han tenido que aprender y enseñar ante la incapacidad del Estado mexicano de hacer frente a una crisis de desaparición que, pese a todo el esfuerzo gubernamental por minimizar esta tragedia, suma 133 mil desapariciones.

Lupita, desde que su hijo fue desaparecido, se ha convertido en una habilidosa política. Sabe leer perfectamente a las y los funcionarios que se acercan a prometer búsquedas e investigaciones efectivas, pero que después no cumplirán; por ello, los forza a actuar en tiempo presente y no a futuro. También sabe hablar en público y, a donde la invitan para «justificar acciones gubernamentales», los evidencia y les hace asumir compromisos públicos frente a periodistas y medios de comunicación.
Mónica, tras años de buscar a su esposo e hijo, aprendió con dolor que debería buscar en el ámbito forense, ahí donde existen más de 72 mil cuerpos de personas fallecidas sin identificar en todo el país. Esa decisión la llevó a volverse una experta en técnicas de recolección, extracción y cuantificación del ADN, pues sabe que la única manera de devolverle la identidad a una persona es garantizando la correcta creación de un perfil de identificación forense, tanto ante mortem como post mortem.
Esperanza, quien busca a su hermano, tuvo que aprender sobre procesos legislativos, pues para lograr la aprobación de la Ley de Personas Desaparecidas del Estado de Jalisco y la Ley de Presunción de Ausencia por Desaparición del Estado de Jalisco no bastaba con conocer el derecho que tienen las víctimas de desaparición y sus familiares, sino que había que saber cabildear y negociar con quienes integran el Poder Legislativo. Aunque las desapariciones per se ameritan la creación de marcos normativos, ella supo que las leyes no pasarían si no era capaz de mostrarles a las y los legisladores lo que ganarían al aprobarlas.
La comprensión de que la búsqueda es una acción que trasciende los límites de lo conocido y, por tanto, conlleva aprender lo desconocido o lo inimaginable es, para las familias buscadoras mexicanas, un proceso que les llega de golpe. Así fue para Lupita, Mónica y Esperanza, quienes, a los días y semanas de haber sufrido la desaparición de sus seres queridos, comprendieron que si por sus propias manos o saberes no emprendían su búsqueda, nadie más lo haría.
Por ello, a lo largo y ancho del país, las familias de personas que han sido desaparecidas se han agrupado en colectivos, brigadas o caravanas para buscar en campo, en morgues o en vida, pero también para crear leyes, gestionar ayudas y visibilizar en el espacio público mediático la crisis de desapariciones que vive el país desde hace más de 20 años. Y todo ello ha generado una serie de enseñanzas y aprendizajes que bien podemos denominar pedagogías de búsqueda.
Entiendo y conceptualizo a este tipo específico de pedagogía como:
Los procesos colectivos, situados y encarnados de producción y transmisión de saberes que emergen desde y a través de la experiencia de buscar a una persona que ha sido desaparecida y mediante los cuales las familias buscadoras aprenden, enseñan y sistematizan conocimientos prácticos, emocionales, políticos, legislativos, forenses y técnicos con el objetivo de hacer posible la búsqueda y localización de quienes aman ante la ausencia e ineficiencia del Estado.

Se trata, en ese sentido, de una pedagogía no sólo tejida desde la horizontalidad, sino desde la constitución de la afectividad y subjetivación política de quienes buscan, pero también de quienes acompañan las búsquedas. Es también una pedagogía forzada, pues no es sólo una toma de conciencia (como ocurriría siguiendo las pedagogías críticas de (Paulo Freire, 1996), sino que responde a una necesidad inmediata de aprender a buscar, de habitar la ausencia, de sostener el dolor y de disputar las condiciones mismas en las que la búsqueda es posible.
Se trata de un saber encarnado, como también lo ha conceptualizado Ileana Diéguez (2022), que ha sido forzado a sentirse en el cuerpo que busca, sufre, ama y resiste; por lo tanto, no es un saber abstracto, sino un saber situado (Haraway, 1988), que se identifica internamente, pero que se materializa cuando, junto con otras y otros, se es capaz de nombrar aquello que duele (la desaparición) para después activar y recuperar la potencia de vida (Reguillo, 2021) que impulsa toda búsqueda.
Búsqueda que, siguiendo nuevamente a Diéguez, conforma una performatividad, la cual defino como:

Un conjunto de acciones, gestos, prácticas corporales y apariciones público-mediáticas mediante las cuales las familias buscadoras no sólo buscan a sus desaparecidos, sino que producen presencia, memoria, sentido y denuncia en el espacio social, convirtiendo la búsqueda en un acto tanto político como simbólico que busca interpelar a la sociedad, pero sobre todo al Estado.
Foto de Mario Marlo @Mariomarlo
Esto porque, en mi experiencia acompañando a familias buscadoras, he comprendido que la búsqueda no sólo es instrumental (encontrar), aunque esto es y siempre será el motor de toda acción, sino que también es política y expresiva, pues con cada acción buscan hacer visible la ausencia de cada persona que ha sido desaparecida (hacer aparecer a quien ha sido desaparecido).
Por lo tanto, la pedagogía de búsqueda a la que hacía referencia, evidenciando los saberes de María, Raúl, Mary Chuy, Lupita, Mony y Esperanza, es un tipo de saber que articula cuerpo, emoción y técnica con el fin único de compartir con otras y otros todo aquello que han sido capaces de aprender para encontrar a quienes aman; por ello, es que es un saber horizontal, porque no es una transmisión de saberes entre quien ha buscado más y quienes no; entre quienes llevan más tiempo buscando y quienes, lamentablemente, ahora deben afrontarlo, no. Se trata de compartir la experiencia vivida y encarnada para facilitar la búsqueda y evitar parte del dolor que otras familias ya experimentaron a causa de las negligencias institucionales.
En ese sentido, estas pedagogías de búsqueda (en plural) conjuntan diversos tipos de saberes porque son muchas las cosas que se ven obligadas a aprender quienes buscan en México; por ejemplo:
María y Raúl son expertos en pedagogías del territorio, pues enseñan a otras familias a leer y peinar el paisaje, interpretar indicios, así como a oler y cavar un terreno baldío. A la par, Mony pone en práctica la pedagogía forense porque toda aquella apropiación de conocimiento científico le facilita enseñar a otras familias todo lo que deben saber de las tomas de ADN o de las confrontas genéticas.
Mary Chuy, en cambio, pone en práctica las pedagogías del cuidado, pues todo aquello que ha aprendido para gestionar su propio dolor lo pone a disposición de sus compañeras y compañeros, así que les enseña a respirar para calmarse, a hablar de lo que les duele y les explica la importancia de buscar ayuda y escucha más allá del círculo de quienes buscan.
Finalmente, Lupita y Esperanza, en un escenario político-legislativo, han adquirido saberes y experiencias que les permiten enseñar cómo leer al poder y a sus políticos, cómo forzar acuerdos y compromisos, así como a establecer estrategias de visibilización pública de sus exigencias; es decir, desde una pedagogía política y una pedagogía jurídica, han mostrado el camino para que otras familias activen su agencia política.
Estas, desde luego, no son las únicas pedagogías existentes, pero sí son las que tomé como referencia para evidenciar algunos saberes específicos que las familias han adquirido a lo largo de dos décadas de búsqueda. En otros de mis trabajos podrán leer mi interés particular por las pedagogías tecnológicas que propician lo que denomino tecnologías de esperanza y que no son más que las apropiaciones tecnológicas estratégicas para buscar a las y los desaparecidos a través del uso de dispositivos tecnológicos, tanto análogos como digitales (Franco, 2022).
En conclusión, pensar en las pedagogías de búsqueda es colocar al centro todos aquellos saberes que las familias buscadoras han creado, enseñado, compartido y sistematizado en sus años de búsqueda, pero también conlleva mostrar la manera en que la performatividad de la búsqueda nombra la dimensión expresiva, corporal y política mediante la cual esos saberes se hacen visibles en el espacio social.
En ese sentido, la búsqueda de personas desaparecidas no sólo debe entenderse como una práctica orientada sólo a buscar personas (aunque eso es lo más vital), sino como un proceso pedagógico y performativo. Pedagógico, en tanto produce saberes situados que se transmiten colectivamente; performativo, en tanto convierte ese saber en una acción situada que desafía los regímenes de invisibilización, pues por años las familias no sólo han aprendido y enseñado a buscar, sino que, al hacerlo, han transformado el espacio público mediático porque han disputado sentido y verdad al Estado mexicano, que de manera sistemática ha minimizado la crisis de desaparición que padece el país.
Pero, lo más importante, han reconfigurado la manera de pensar, ver y sentir a las personas desaparecidas, pues uno de sus más importantes actos de performatividad es la reinscripción de la presencia de quienes han sido desaparecidos, misma que logran a través de acciones de búsqueda que producen presencia frente a la ausencia.
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María es madre de José de Jesús Martínez Camarena, Ernesto Padilla Camarena, Tonatiuh Avalos Camarena, y Oswaldo Javier Avalos Camarena, quienes fueron desaparecidos el 19 de diciembre de 2019 por policías municipales del municipio de Ocotlán; también busca a Lucero Ávalos Camarena, de 26 años, quien fue desaparecida, el 6 de junio de 2016 en el municipio de Tlaquepaque, Jalisco.
Raúl busca a su hijo Raúl Servín Galván, desde el 10 de abril del 2018, a él lo desaparecieron en el Fraccionamiento Los Cántaros en Tlajomulco de Zúñiga.
Mary Chuy es madre de Jaime Adrián Ramírez, quien fue desaparecido junto con Kenia Duarte y Karla García, dos jóvenes trans, el 18 de septiembre de 2020 en la colonia Mesa Colorada Oriente en Zapopan, Jalisco.
Guadalupe “Lupita”, es madre de José Luis Arana Aguilar, quien fue desaparecido el 17 de enero de 2011, a bordo de su camioneta en la calle Artesanos en Tonalá, Jalisco.
Mónica busca a su hijo, Diego García Chavira, y a su esposo, Jorge Enrique García Barreto, ambos fueron desaparecidos el 19 de septiembre de 2013 en Guadalajara, Jalisco.
Esperanza busca a su hermano Miguel Ángel Chávez, quien fue desaparecido el 16 de mayo de 2014 en Guadalajara, Jalisco.
Para seguir aprendiendo
- #Reportear la búsqueda (2025) |Proyecto narrativo de Fundación Entre Cielo y Tierra Desaparecidos Jalisco junto a mujeres periodistas independientes de Unidad de Reportería y ZonaDocs.
- Cuando la tecnología nos da esperanza: estrategias de madres buscadoras (de tesoros) en México (2026) |Boletín de la lupa digital.
- Porque los amamos (2025)| Podcast de Zonadocs.
- Tecnologías de la esperanza: Apropiaciones tecnológicas para la búsqueda de personas desaparecidas en México(2022) | Libro de Darwin Franco Migues

Darwin Franco Migues | Doctor en Educación y Maestro en Comunicación por la Universidad de Guadalajara (México). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Integrante de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC); la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (AMEDI), Capítulo Jalisco; el Observatorio Iberoamericano de Ficción Televisiva (OBITEL); la Cátedra UNESCO en Alfabetización Mediática e Informacional y de la Red contra la violencia a comunicadores.
Premio Jalisco Periodismo 2014 en la Categoría Prensa Escrita con el trabajo: ¿Ya apareció su hijo?: El calvario de las madres de los desaparecidos en Jalisco. Actualmente es coordinador general del sitio de periodismo documental y de investigación ZonaDocs.
