Laura Vidal

Desde 2012 me he dedicado a estudiar los modos y los espacios con potencial para el aprendizaje de la comunicación intercultural, o más a secas, la interculturalidad. Empecé estudiando comunidades en línea, entusiasmada y muy segura del gran potencial que existe cuando personas de muchos países se encuentran e intercambian historias. Mi prisma fue el de los aprendizajes informales, o aquellos que se dan fuera de ámbitos oficiales, como la escuela o las universidades.

En ese entonces yo formaba parte también de una comunidad internacional de bloggers llamada Global Voices, que se volvió un terreno inmenso de experimentaciones para muchos de sus participantes. Era muy difícil no pensar en estudiar una comunidad así, con cientos de personas relatando y contextualizando lo que contaban las blogósferas de sus países. Los objetivos eran varios, pero uno de los más importantes era abrir espacios para representaciones más justas de lugares del mundo que se veían bastante poco, o de modo superficial, en los grandes medios tradicionales.

Todo esto llegaba a su gran cumbre, en mi experiencia, en los años que iban de 2012 a 2016. Global Voices se volvió mi terreno de investigación. Varios de sus participantes fueron fuentes; mi experiencia guió el método y la observación incluyó los encuentros IRL —en vivo y en directo— en las cumbres a las que pude asistir.

Los primeros años de esa experiencia como candidata doctoral fueron agridulces, y con el paso del tiempo más agrios que dulces, como probablemente será el caso de la mayoría de las personas que cursaron estudios así. Además, mi trabajo tenía lugar en Francia, donde mezclaba aprendizajes informales con «nuevas» tecnologías. Con el tiempo me di cuenta de que ésas no eran piezas que encajaban mucho unas con otras, pero que de cualquier manera dejaron una experiencia bastante mestiza que me formó como investigadora y también como formadora en comunicación intercultural. 

Mi investigación terminó con una hipótesis, según la cual sí que había potencial de aprendizajes interculturales. Sin embargo, con el tiempo y la distancia de las formulaciones académicas, además de la experiencia en el reino de los derechos digitales y las comunidades internacionales, veo que la investigación abrió numerosas puertas mucho más complejas en las que las relaciones interculturales no se quedan en el mero intercambio visible, sino que se ponen máscaras distintas. Muchas siguen este concepto esquivo y cambiante de la «interculturalidad» y comparten su connotación más bien positiva, que se concentra en diálogos y entendimientos. Otros avatares de esos intercambios abren puertas a más realidades, no tan luminosas, pero imposibles de ignorar si queremos pensar en verdaderos diálogos entre personas de distintos contextos y cómo ocurren: desbalances de poderes, discriminaciones, prejuicios, inclusión (y falta de ella), mediación de conflictos y otras más.

Con la comunicación intercultural pareciera que hay siempre un proceso de iniciación para quienes quieren dedicarse a ella. Generalmente pasa por métodos y mediciones, también por formaciones que buscan explicar las características «típicas» de personas que vienen de países que no son los nuestros. Basta con teclear «comunicación intercultural» en los motores de búsqueda típicos, o preguntarles a los chatbots, para echar mano de manuales y publicaciones que, además, estiran la noción: inteligencia intercultural, diálogo intra-cultural, sensibilidad y conciencia intercultural… y mejor parar aquí.

¿Se puede definir la interculturalidad?

Aún se intenta. La noción en sí misma es sujeto de debate y este debate cambia dependiendo de los círculos que la discutan. La comunicación intercultural se ve como una capacidad (yo misma la enseño a estudiantes de ingeniería), especialmente en el mundo de los negocios. Fácilmente se la ve descrita como la comunicación que existe entre personas de distintos países. Sin embargo, la interculturalidad, o bien, los intercambios entre culturas —o personas que pertenecen a diferentes culturas— pasa por mucho más que las nacionalidades. Las diferencias que hacen que nuestros encuentros sean complejos tienen que ver con mucho más que nuestros pasaportes. Las relaciones interculturales incluyen también las interacciones entre géneros, clases sociales, generaciones, idiomas, acentos, profesiones y otros aspectos que forman nuestras múltiples identidades (Bhabha, 1994; Breidenbach y Nyíri, 2015).

Ahí salió una de las palabras clave que, junto con cultura, complican todo esto: la identidad. Definir nuestras identidades no solamente es muy difícil, sino que son elementos cambiantes que además tienen mucho de imaginario. Las definiciones de cultura sufren de las mismas ambigüedades y también son fuente de debate (que no busco abrir en estas modestas líneas). Traigo estas complicaciones a colación porque entre mis preocupaciones como investigadora y como educadora está el hincapié que tanto se da en los métodos de aprendizaje clásicos en reagrupar «culturas». Bajo esta perspectiva, los grupos dependen de ciertas características, en general limitadas, y en general ligadas al país —o la región— de donde vienen. 

Estos métodos clásicos son interesantes en su conjunto y en un principio. Casi todas las personas profesionales a las que he asistido en este particular conocen uno u otro. Muchas de estas personas han buscado, o quizás incluso encontrado, soluciones en estos métodos. En alguna ocasión, por ejemplo, una participante de un curso, que además era de inglés, quería simplemente saber qué palabras aprender para decirle a su colega de la India que se apurara. No había modo de que esta estudiante se entendiera con su colega. Esa formación en particular, por cierto, se tradujo en largas y muy desagradables horas que no se pueden describir de otro modo sino como un choque intercultural: entre la cultura corporativa, que quiere respuestas concretas, y la académica, que no deja de hacer preguntas.

El problema al final, y muy a pesar de esa participante, es que estos métodos terminan siendo poco más que un conjunto de guías para lidiar con otros seres humanos. Siendo un poco más dura al referirme a estas guías, me atrevo a decir que son trabajos que buscan domesticar a las personas que no conocemos bien y que vemos como diferentes por su origen étnico, su idioma y otras características con las que buscamos encasillarles para ver cómo les tratamos.

Según personas autoras —como Geert Hofstede, Erin Meyer o Edward T Hall— la interculturalidad es una capacidad muy definida que es importante desarrollar en el mundo globalizado «de hoy» (sin tomar en cuenta que los encuentros de gran dimensión geográfica tienen siglos ya). Además, esta competencia significaría ser capaz de comunicarse de modo adecuado con culturas de acuerdo con su clasificación: si son de alto o bajo contexto (o sea, si se dicen las cosas directamente o no), o si son como duraznos o cocos (amables por fuera, pero duros, distantes, por dentro o viceversa). En caso de duda, puede incluso buscarse la cultura en cuestión en un índice, para saber cómo estas personas se llevan con la autoridad, si son autoindulgentes o si saben confrontarse con lo incierto.

No es mi intención apuntar con el dedo estos trabajos que seguramente habrán dado respuesta a algunas personas con ansias de soluciones concretas. No obstante, mi problema es que estas ideas no son sino soluciones muy temporales en situaciones específicas y que además contribuyen a una visión reduccionista e imaginada de otras regiones del mundo y de quienes viven en ellas. Visiones que en su mayoría provienen de perspectivas muy específicas y fácilmente ubicables en las academias de los Estados Unidos y de países de Europa Occidental. La inmensa mayoría de estos y estas autores vienen de estos países, son personas blancas, urbanas y de estratos socioeconómicos acomodados. Me cuesta pensar en qué otro tipo de grupo puede lanzarse a definir así al resto del mundo y además escribir métodos de cómo interactuar con quienes vengan de ese gran trozo del planeta.

Foto de Andrea Piacquadio / Pexels.

¿Se puede estudiar la interculturalidad?

La existencia misma de estas líneas podría verse como una respuesta afirmativa. Sin embargo, después de 15 años leyendo, reflexionando, enseñando, corrigiéndome y decepcionándome, debo decir a quienes quieran adentrarse: que sepan que se vale todo y a la vez no se vale nada. Estudiar, enseñar, aprender y cuestionar la interculturalidad (que al final son cuatro caras de un mismo dreidel) es estar preparades para la incomodidad. Para que constantemente se revise lo que se sabe. Para aceptar que lo que se enseñe o se aprenda podría (o no) encajar mucho después del final de cualquier clase o cualquier formación. 

Investigar sobre la interculturalidad en Francia me llevó a leer un sinfín de páginas sobre migración e integración (como estos Otros pueden volverse como nosotros), sobre aprendizaje de idiomas y las experiencias Erasmus (el programa de la Unión Europea que permite a jóvenes estudiantes completar un semestre en otro país de la Comunidad). Explorar la cuestión desde la perspectiva estadounidense me llevó a leer sobre relaciones que anoté más bien como «interraciales», pues tenían que ver con las culturas negras en contraste con las del mainstream, la de las personas blancas. ¿Y Latinoamérica? Una gran parte de los trabajos que consulté abordaban las relaciones con los «pueblos indígenas». Fue curioso armar un denominador común de acuerdo con las regiones. Sin embargo, lo que parecía quedar claro es que las preguntas que se hacían de un lado del mundo están más que presentes en los otros lados también. Sin embargo —al menos no en las lecturas que hice— una visión más crítica y menos eurocéntrica de las relaciones interculturales no se exploraban demasiado. Tampoco se veían los intercambios entre personas de diferentes culturas como algo que fuese mucho más allá de un problema que se debía resolver.

Sin duda, esto no es sino reflejo de las preocupaciones de quienes hicieron estas investigaciones y de las preguntas que sus academias acogieron y publicaron. Las preguntas que tienen que ver con la interculturalidad, no obstante, son mucho más amplias, más complejas, y necesitan de un cuestionamiento sobre cómo nos entendemos como grupos y países. 

La escuela nos enseña que venimos de una tierra en particular y se basa en una identidad definida que no logra resistir a las evoluciones políticas y temporales. Siendo así, ¿de qué están hechas nuestras identidades? ¿De dónde salen las historias que nos contamos sobre nuestras nacionalidades? ¿A quiénes convienen?

En nuestro campo de estudio, la interculturalidad, también necesitamos hacer preguntas incómodas. ¿Quiénes definen la interculturalidad? ¿Quiénes describen los grupos de países en los métodos que se difunden? ¿Qué preguntas se están haciendo quienes investigan hoy estas cuestiones? ¿Por qué? En un mundo en el que vemos volver ocupaciones salidas del siglo XIX, en el que ascienden gobiernos con una visión sumamente específica —y excluyente— de la moral y de quienes tienen derecho a existir, en un mercado en el que el choque de civilizaciones —aunque haya sido rebatido—se enseña en aulas universitarias y se vende en librerías, me parece crítico que nuestras preguntas sobre culturas, identidades y nuestra relación con el mundo sean más retadoras.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿se puede aprender la comunicación intercultural? Según uno de los investigadores que encuentro más lúcidos en la materia, Fred Dervin, todos, todas y todes ya sabemos hacerlo de un modo u otro. Es más, nuestras interacciones son con personas, no con culturas, y con la constelación profunda e infinita que cada persona se trae consigo. Es un fastidio, sin duda, para muchos, que semejante cosa no quepa en un índice o en una metáfora simple. Sin embargo, la realidad nos obliga a bañarnos en distintas realidades para entender mejor a quienes nos rodean y quienes viven más allá de nuestros círculos, no solamente para poder comunicarnos entre culturas y hacer negocios con su gente, sino para entender mejor nuestras propias maneras de ser.

El trabajo es difícil, y en mi experiencia, de aprendizajes complejos. Trato de apoyarme en historias bien contadas y en la recolección de recursos que pienso que pueden ayudar a abrir la puerta para explorar el tema (véase aquí la mini mediateca en Padlet que he abierto para mis alumnes). No queda sino confiar en el espíritu de cada quien y en sus ganas de aprender de otras personas.

Sin embargo, es también menester que los organismos académicos y de educación traigan estas preguntas más temprano a las aulas y que desfavorezcan como sea posible las construcciones de identidades nacionales que parecen servir más bien a ciertos intereses y no a la comprensión del mundo en el que vivimos. Ahora bien, si ya hay estudiantes y participantes que se van molestos y molestas de mis clases, no hablemos ya de oficiales gubernamentales en ministerios de educación. Quizás la salida la encontremos, como lo pensé al empezar la carrera y el texto, en comunidades, grupos y  espacios que se salgan de las estructuras académicas y también de las puertas de la educación formal.

Para seguir aprendiendo

Laura Vidal. Es licenciada en Idiomas Modernos de la Universidad Central de Venezuela y doctora en Ciencias de la Educación de Paris XII. Su trabajo se centra en los intercambios interculturales y en la investigación en derechos humanos y digitales. Su trabajo puede verse en Contently e Instagram.

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