¿Qué es el racismo y cómo podemos ser antirracistas?

Gisela Carlos Fregoso

La discusión sobre racismo y antirracismo en México se ha movido en los últimos dos años. Con ello quiero decir que, si miramos de forma retrospectiva, el debate ha cambiado de forma considerable a partir del 2017 hasta hoy en el 2020. La discusión que hoy presenciamos no hubiera sido posible sin varios factores:

  • La evidencia del racismo que hizo el levantamiento zapatista en 1994, la cual cuestionó el proyecto racial del mestizaje.
  • La investigación Project of Ethnicity and Race in Latin America (PERLA), a cargo del chicano Edward Tellez, llevada a cabo en cuatro países de las Américas, entre ellos México. Mediante el trabajo de Émiko Saldívar, este proyecto evidenció las tres razones más importantes por las cuales las personas reproducimos el racismo en México: hablar una lengua indígena, el color de piel y el decir que se tiene ancestría indígena. Lo anterior demostró la persistencia de un racismo antinegro a la par de un racismo anti-indígena por sobre las políticas multiculturales que celebraban el discurso de la diversidad y la diferencia.

Racismo: sistema de opresión

Lo anterior nos ha confirmado que practicar el antirracismo implica explicar constantemente qué estamos entendiendo por el término racismo: cómo se reproduce, con quiénes, y de qué manera sufren las personas afectadas. Los diferentes racismos que hoy perviven en México están intrínsecamente ligados al proyecto racial del mestizaje y al colonialismo.

Los racismos más comunes son el racismo anti-indígena, el racismo antinegro, el racismo entre personas mestizas o por color de piel, el racismo antichino y el racismo contra personas judías o antisemitismo.

Pero, entonces: ¿qué es el racismo? El racismo es un sistema de opresión que organiza a la sociedad para deshumanizar a unas personas y para privilegiar a otras, con base en ideas sobre «las razas». Pese a que ya se ha demostrado que las razas no existen, que sólo existe una raza (la humana), el racismo opera bajo la creencia o reactivación de que «las razas» sí existen. Esta activación de la creencia de que «las razas» existen nos hace otorgar valores y significados erróneos a las personas, a sus características físicas, a su acento, forma de hablar o a su lugar de origen.

Por ejemplo, es común pensar que las personas de piel negras son más fuertes y resisten más los trabajos físicos duros; sin embargo, esa es sólo una activación de la creencia de que «las razas» existen, puesto que dicha idea justificó durante siglos las prácticas de esclavitud. A lo anterior le llamamos un racismo antinegro. Otro ejemplo es reproducir la idea errónea de que las tribus, comunidades y naciones que hoy llamamos indígenas, son perezosas y no les gusta trabajar. Pero, como mencioné anteriormente, esto es sólo la activación de esa creencia sobre «las razas», dado que esta idea errónea ha justificado el genocidio y el despojo de sus territorios con el aval del Estado; de ahí que, en México, la mayoría de las concesiones mineras y megaproyectos estén en tierras indígenas. Por tanto, lo anterior es un botón de muestra del racismo anti-indígena.

Muchas veces creemos que el racismo sólo atañe a personas negras/afrodescendientes o indígenas. Esa idea es falsa: también existe el racismo entre personas mestizas —aquellas personas que no nos identificamos con ser indígenas ni negras/afrodescendientes—. A este racismo se le llama racismo por color de piel. Se manifiesta, por ejemplo, cuando vamos a pedir un empleo y nos es negado dicho trabajo por «no contar con la apariencia adecuada» o por no tener un rostro lo suficientemente blanco. La creencia que se activa es que, mientras más obscuro es nuestro color de piel, el racismo nos otorga cualidades negativas (creer que somos menos eficientes, menos bellas o bellos o personas menos trabajadoras). Gran parte del racismo que pervive entre las personas mestizas es un racismo antinegro puesto que, al mismo tiempo que se festeja lo blanco o la piel más clara, se deshumaniza y se niega el acceso a una buena vida a las personas de piel más obscura.

Lo anterior quiere decir que también a los cuerpos blancos, a lo europeo o a lo que sea que entendamos por «nórdico» se le invierte un significado: sufre un proceso de racialización pero en ventaja. Por ejemplo, cuando vemos a una niña «güerita» pidiendo dinero, imaginamos que esa niña fue secuestrada puesto que las lógicas del racismo nos hacen creer que sólo los niños de piel morena piden dinero o, aún peor, no nos cuestionamos que haya niños y niñas de piel obscura en situación de calle.

Foto: Hugo Arellanes Antonio / Colectivo Huella Negra.

Las formas del antirracismo

Toda acción que contribuya a desmantelar estas prácticas de racismo es considerada una práctica antirracista. De acuerdo con el proyecto Antirracismo Latinoamericano, liderado por la socióloga y activista Mónica Moreno Figueroa y el antropólogo Peter Wade, las formas en que se da el antirracismo en México y en Latinoamérica son diversas pero se destacan cuatro:

  • El antirracismo en el ámbito de lo jurídico. Consiste en reconocer de forma pública, en el espacio de lo legal, que se cometió un acto racista, al mismo tiempo que se persigue «la reparación» del daño mediante disculpas públicas, remuneración económica o restitución de tierras, entre otras formas.
  • Antirracismo conducido por organizaciones y colectivos de jóvenes negrxs o indígenas. Buscan revertir, mediante proyectos artísticos o empresariales, los prejuicios y estereotipos que imperan alrededor de sus cuerpos, como las creencias de que lo indígena equivale a pobreza y a poca educación, o que lo negro equivale a lo feo o lo sucio.
  • Antirracismo en el ámbito educativo. Persigue posicionar la difusión y la producción del pensamiento emanado de personas pertenecientes a poblaciones históricamente víctimas del racismo, como las comunidades indígenas o las personas negras. Un ejemplo de ello es crear textos o libros en donde se explique la historia de las personas negras en determinadas geografías de las Américas, así como el proceso de esclavitud, pero desde una perspectiva dignificante y no victimista.
  • Antirracismo de gramáticas alternativas. Luchas contra la explotación (capitalismo), contra el patriarcado (sexismo) o por el reconocimiento de los derechos humanos que, aunque no necesariamente ponen en el centro la lucha contra la opresión racial —no son de forma estricta luchas antirracistas—, tocan el tema del racismo y, por tanto, tienen otras formas de nombrarse (lucha por el territorio, lucha por la vida, etcétera).

Foto: Coco Acevedo / Colectivo Huella Negra.

Hacia un antirracismo cotidiano

Ahora, ¿qué podemos hacer en nuestra vida cotidiana para combatir el racismo? Muchas veces las personas pensamos que la opresión, cualquiera que esta sea, no se puede combatir debido a su carácter estructural. Sin embargo, hay acciones muy concretas que podemos llevar a cabo.

De acuerdo con el estudio titulado Por mi raza hablará la desigualdad, realizado en el 2019 por Patricio Solís y su equipo, los principales espacios que los mexicanos reportaron como racistas son: familia, trabajo y espacios públicos, y círculos de amistad. Esto quiere decir que la reproducción del racismo se encuentra en nuestros entornos inmediatos y, por tanto, tiene la característica de vivirse en el espacio de lo íntimo y afectarnos profundamente en lo emocional. Estos datos también abren la posibilidad de interrumpir las prácticas de racismo en nuestra vida cotidiana.

Una cosa que podemos hacer es que, cuando presenciemos discursos o frases racistas en nuestros círculos de amistad o en nuestra familia —como «trabajo como negro para vivir como blanco», «tal persona es un naco», o «pareces indio»—, interrumpamos ese discurso y digamos «lo que estás afirmando es racista y puedes usar otras frases para ejemplificar tu idea».

Otra estrategia antirracista es acercarnos a las luchas y movimientos de personas indígenas y negras para buscar ser aliados o aliadas antirracistas, pero sin perseguir el protagonismo. Hay que estar muy atentas y atentos de no reproducir lógicas paternalistas o prácticas de racismo amoroso.

Finalmente, una estrategia que podemos llevar a cabo desde nuestras casas es informarnos más sobre la historia, las luchas, los conocimientos y formas de organización de personas que han sido víctimas históricas del racismo, ya sea mediante la lectura o conociendo personas indígenas, negras/afrodescendientes, asiáticas y judías.

Foto: Hugo Arellanes Antonio / Colectivo Huella Negra.

Para seguir aprendiendo

Gisela Carlos Fregoso. Mexicana. Doctora en Investigación Educativa por la Universidad Veracruzana; maestra en Promoción y Desarrollo Cultural por la Universidad Autónoma de Coahuila y licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara, donde es profesora. Su investigación se enfoca en el estudio del racismo en contextos de mestizaje, blanqueamiento, antirracismo y el racismo en la educación superior.

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