¿Qué es el diálogo intercultural y cómo podemos lograrlo?

Rozenn Le Mur

Hoy en día, la mayoría de los Estados se definen como pluriculturales y reconocen distintas expresiones de diversidad. Por lo tanto, es necesario diseñar mecanismos y arreglos políticos que posibiliten el entendimiento mutuo entre culturas y la gestión de esta diversidad. El término interculturalidad se ha vuelto cada vez más común en los últimos años para definir estos procesos, en particular en los marcos de la política y la educación. Sin embargo, si este uso recurrente de la palabra hace que nos parezca familiar, su interpretación puede variar considerablemente.

Para la UNESCO, la interculturalidad «se refiere a la presencia e interacción equitativa de diversas culturas y a la posibilidad de generar expresiones culturales compartidas, a través del diálogo y del respeto mutuo». Lo que es clave aquí es la voluntad de encontrar soluciones a conflictos desde el intercambio igualitario, y su herramienta principal para lograrlo es el diálogo intercultural.

El diálogo intercultural es un proceso basado en el intercambio abierto y respetuoso entre individuos, grupos y organizaciones con diferentes antecedentes culturales o visiones del mundo. Uno de sus objetivos es desarrollar una comprensión más profunda de diversas perspectivas y prácticas para, así, aumentar la participación, libertad y capacidad de tomar decisiones, fomentar la igualdad y mejorar los procesos creativos (Consejo de Europa, 2008). Asimismo, la interculturalidad es entendida como un proyecto político, social, epistémico y ético que va dirigido a la transformación estructural y sociohistórica (Walsh, 2009).

De la tolerancia del multiculturalismo al diálogo de la interculturalidad

La diferencia entre multiculturalismo e interculturalidad, planteada de manera sencilla —aunque tal vez un poco simplista—: el multiculturalismo se enfoca en la tolerancia a la diversidad y en la coexistencia entre culturas. Por otro lado, con la interculturalidad hay una insistencia en el componente relacional, en la interacción y el diálogo entre culturas. La interculturalidad presupone el multiculturalismo, porque para dialogar hay que fundamentarse en respeto mutuo y condiciones de igualdad entre quienes dialogan (Tubino, 2002). Sin embargo, los ideales de la interculturalidad son más amplios que los del multiculturalismo porque busca ir más allá de la simple coexistencia para, entonces, conseguir la convivencia y relaciones equitativas entre culturas. Con la interculturalidad, se enfatizan los intercambios y el aprendizaje mutuo entre diferentes grupos culturales. 

Es importante notar que, como lo subraya Will Kymlicka (2012), en ocasiones esta oposición tradicional entre una buena interculturalidad y un mal multiculturalismo es «superficial, responde a una moda y a aproximaciones retóricas más que analíticas». Aparte, se debe de reconocer la politización de los términos que se escogen: multiculturalismo liberal, multiculturalismo dialógico, interculturalismo, interculturalidad crítica, etcétera.

El diálogo intercultural posible

El punto de partida de la noción de diálogo intercultural es que se propone entender perspectivas de otras culturas. Antes de preguntar si el diálogo intercultural es posible en la práctica, lo que se plantea es si es admisible comprender cualquier postura. ¿Existen ciertas barreras culturales insuperables para el diálogo intercultural? ¿Se puede dialogar acerca de todo o existen sistemas tan diferentes que se vuelvan fundamentalmente incompatibles?

La postura de la interculturalidad es que sí es posible, aunque es difícil y presenta enormes problemas en cuanto a la comprensión y a los malentendidos. El desafío consiste precisamente en esto: no «leer» un evento o una perspectiva solamente a través del lente de las propias presuposiciones culturales, sociales o religiosas (Grillo, 2017).

Si contestar a esta pregunta resulta fácil, no se está considerando la importancia del diálogo intercultural y se está abordando de manera superficial.

Por ejemplo —como lo señala Luis Ángel Oseguera Farías, integrante del colectivo Jóvenes Indígenas Urbanos, en una entrada previa de este blog— en México se usa el término de interculturalidad de manera muy apresurada y ciertamente demasiado «elástica» —para retomar la expresión de Manuela Guilherme y Gunther Dietz (2015). Se remite únicamente y casi automáticamente a los pueblos indígenas y, muchas veces, desde una perspectiva asistencialista y asimétrica. Este acercamiento a la interculturalidad no permite entablar un verdadero diálogo intercultural, porque parte de lo que Francisco López Bárcenas llama «diversidad simulada»: un reconocimiento de derechos colectivos que no se pueden ejercer en la práctica. Entonces, la primera condición para permitir el diálogo intercultural es que exista una voluntad explícita, genuina, de llevarlo a cabo. En caso contrario, «todo quedaría en simples intenciones demagógicas o, cuando más, en prácticas desarticuladas cuyos efectos no llegarán a favorecer dicho diálogo» (De la Peña Martínez, 2010).

Además, el diálogo intercultural se funda en la crítica de las nociones esencialistas y fomenta una visión de las culturas como dinámicas, plurales y fluidas, así como fundamentadas en la idea de heterogeneidad de todos los grupos culturales y sociales (Lähdesmäki, Koistinen e lönen, 2020). En este sentido, el enfoque intercultural es una crítica a los sistemas que «toleran» las diferencias culturales o hasta las exaltan, siempre y cuando permanezcan fácilmente identificables.

La Romería en Zapopan, México. Un evento religioso donde diversas expresiones culturales convergen. Foto: Erick Gallo.

Comprender es traducir: la importancia de la horizontalidad y la traducción

A través del diálogo intercultural se ambiciona generar cambios estructurales orientados a atacar las causas políticas de las desigualdades en las relaciones entre culturas y, para lograrlo, se propone cuestionar mecanismos históricos de relación entre culturas, replanteando las reglas de la interacción. La otredad ha sido construida históricamente desde una mirada jerárquica. Los puntos esenciales para remediarlo son la reciprocidad y la horizontalidad: instaurar la igualdad entre todos los participantes del diálogo y permitir una renegociación constante de cada punto abordado. La interculturalidad intenta romper la historia hegemónica de una cultura dominante y otras subordinadas. Con esto en mente, se deben reconocer las estructuras de poder existentes y cuestionar su propio papel. En algunos casos, implica luchar contra el impulso de controlar o dirigir la interacción, o tratar de convencer en lugar de enfocarse en escuchar.

Partiendo de la idea que el conocimiento de la realidad social se produce colectivamente y es mediado por el lenguaje, el enfoque horizontal implica un trabajo de traducción recíproca entre las personas interlocutoras. No solamente para traducir de un idioma a otro, sino también para traducir las connotaciones y la relevancia cultural de los términos empleados, con la meta de poder entender al otro, la otra, desde su propia perspectiva, sin plasmar de forma demasiado burda los conceptos expresados por diferentes grupos culturales.

Quienes participan del diálogo intercultural deben entonces reconocerse como integrantes de diferentes comunidades lingüísticas y luego convertirse en traductores o traductoras. Para poder dialogar y superar la violencia interpretativa, es necesario asegurarse de que todos entiendan lo mismo. La expresión propuesta por María del Carmen de la Peza Casares (2012), «comprender es traducir», resume claramente esta idea.

Principios generales para un adecuado diálogo intercultural

Las mismas normas del diálogo intercultural deben ser negociadas y acordadas consensualmente entre las culturas, no definidas a priori por una de ellas. (Tubino, 2008). Si bien impide fijar criterios claros sobre los límites de la tolerancia y la protección de los derechos individuales, el diálogo intercultural es necesario para empezar una nueva forma de relacionarse políticamente y romper relaciones de subordinación entre culturas. En consecuencia, como lo plantea Juan Carlos Godenzzi (1996): «la interculturalidad es un proceso y actividad continua, que debiera ser pensada menos como sustantivo y más como verbo de acción». Se trata de un camino en constante construcción.

En consecuencia, el diálogo intercultural no puede y no debe reducirse a meras «recetas» o una metodología fija. Sus líneas varían considerablemente de un caso a otro. Sin embargo, es necesario plantear ciertas bases para, así, crear condiciones que permitan el intercambio igualitario (ver James, 1999; Parekh, 2001).

Consideremos entonces la siguiente lista como principios generales y no como respuestas absolutas que resuelven de manera definitiva la realización del diálogo intercultural:

  • Fomentar un espacio democrático. Los diferentes puntos de vista deben ser expuestos y escuchados con respeto, en condiciones que mutuamente puedan aceptarse como justas.
  • Abordar el diálogo con la mente abierta, con la disposición a aprender algo del otro u otra, y a entender otra perspectiva. Asumir de inmediato una postura argumentativa obstaculiza la comprensión intercultural.
  • Considerar las asimetrías de poder y tratar de contrarrestarlas para que las condiciones del diálogo sean lo más justas posible.
  • Rechazar la visión esencialista de las culturas y no usar estereotipos para referirse al otro u otra.
  • Cuestionarse y tomar distancia de sus concepciones etnocentristas y relativizar sus propios valores culturales.
  • No tener restricciones temáticas. Si las hay, tienen que estar acordadas entre todos los participantes porque si un solo un grupo se niega a abordar un tema específico y el otro insiste en tocarlo, es imposible tener un diálogo equitativo. La misma idea de diálogo intercultural sugiere que temas controvertidos deben ser atendidos para no permanecer a un nivel superficial y sí generar un intercambio significativo.
  • Compartir el espacio, sea físico o virtual, para que ningún grupo se encuentre en el centro del diálogo.
  • Ser flexible y tener la capacidad de adaptarse a las circunstancias, redefinir reglas y objetivos en función de las condiciones, ya que el reconocimiento de la igualdad entre todos los interlocutores implica que no se pueda predecir desde el comienzo el desenlace del diálogo.

Queda claro que estas competencias, cruciales para participar en el diálogo intercultural, no son adquiridas de un día al otro por quienes participan. Son habilidades que deben aprenderse y practicarse. Implican una formación en el ámbito político y educativo.

Asimismo, esta formación se tiene que articular con un planteamiento más general en cuanto a nuestros conocimientos y a la manera de informarnos sobre otras culturas, ya que estas habilidades y competencias interculturales son importantes para relacionarnos en todos los niveles de la sociedad.

Para seguir aprendiendo

Rozenn Le Mur. Francesa. Profesora Investigadora de la Universidad de Guadalajara (UdeG). Maestra en Idiomas, Literatura y Civilización de América Latina por la Universidad de Rennes 2, y Doctora en Ciencias Sociales por la UdeG. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (México), nivel 1.

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