Cultura digital, activismo y cambio social frente a la pandemia

Dorismilda Flores-Márquez

Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente. Ella sola no gana la lucha, pero sin ella la lucha flaquea y titubea. Necesitamos la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada. Paulo Freire

En estas semanas ha sido inevitable discutir sobre la pandemia de COVID-19, por la manera en que ha trastocado las vidas de todas y todos. Estar en medio de una crisis global, sobre la cual no teníamos referentes, nos obliga a repensar muchas cosas. Buena parte de las discusiones, además, señalan la relevancia que han cobrado los medios digitales para sobrellevar la educación y el trabajo desde casa.

Este texto, si bien se enfoca en el vínculo entre cultura digital y activismo, está atravesado por los cambios propios de este tiempo de cuarentena. No tenemos aún suficiente distancia crítica para comprenderlos en profundidad, pero es nuestra responsabilidad como investigadoras e investigadores sociales registrar lo que acontece y buscar entenderlo. En este sentido, las siguientes líneas no buscan aportar certezas, sino abrir preguntas sobre la cultura digital —especialmente en tiempos tan desafiantes— y las posibilidades de expresión pública en medios digitales, que son un elemento clave para las y los activistas en su permanente búsqueda de cambio social.

Cultura digital en tiempos de contingencia

Las pantallas están insertas en nuestra vida cotidiana. Convivimos habitualmente con ellas en teléfonos móviles, computadoras, televisores digitales, relojes inteligentes y otros objetos. Estos dispositivos se vuelven relevantes por las relaciones que establecemos con y a través de ellos, por las posibilidades que se abren y las experiencias que vivimos. La cultura digital se refiere a esta serie de prácticas, imaginarios y entornos que se han transformado con la incorporación de las tecnologías digitales. Así, podemos situarla temporalmente en las décadas más recientes y enmarcarla en los procesos de globalización.

Este año, la contingencia por el COVID-19 abrió una serie de desafíos prácticos. Cuando la mayor parte de los países afectados entraron en cuarentena para hacer frente al riesgo de contagio, muchas organizaciones —educativas, gubernamentales, políticas, civiles, empresariales— trasladaron sus actividades presenciales a los entornos digitales. Esto evidenció algo que ya sabíamos, pero de lo que no habíamos discutido lo suficiente y que no habíamos —ni hemos— resuelto, a pesar de la gravedad: que no todo el mundo tiene acceso, que no todo el mundo ha desarrollado habilidades digitales, que las noticias falsas son un peligro. Vayamos por partes.

No todo el mundo tiene acceso

Apenas 53.6% de la población mundial tiene acceso a internet. Sin embargo, hay diferencias significativas entre Europa —82.5%— y África —28.2%— (ITU, 2019), que se agudizan entre países, por ejemplo, entre Islandia y Eritrea, con 98.2% y 1.2% respectivamente (ITU, 2018). Irse a trabajar a casa no significa lo mismo en todos lados.

De hecho, la UNESCO (2020) manifestó su preocupación porque, en plena pandemia, 706 millones de estudiantes en el mundo —43% del total— no tienen internet en casa. Esto les impide o dificulta el acceso a la educación escolar. A ello hay que sumar otras problemáticas, como la falta de dispositivos suficientes y adecuados en los hogares.

No todo el mundo ha desarrollado habilidades digitales

Con el repentino salto a realizar en línea aquellas actividades que habitualmente desarrollamos de manera presencial vino la ansiedad. Personas de todas las generaciones pusieron en duda sus conocimientos y habilidades en el uso de medios digitales. Algunas se resistieron al cambio, otras exploraron entornos y buscaron soluciones creativas. En las redes circularon historias como la de Champion, un profesor de ingeniería que, con ayuda de su hijo, abrió su canal en YouTube para subir sus clases. Estas experiencias evidenciaron también la relevancia del apoyo entre pares.

Las noticias falsas son un peligro

En los años recientes, hemos visto la amenaza para la democracia que representan las noticias falsas —recordemos su utilización en las campañas electorales de Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil. En tiempos de pandemia hemos visto que también ponen en riesgo la salud pública. En una entrada previa de este blog se abordó la infodemia vinculada al COVID-19.

Las noticias falsas son también un asunto de alfabetización digital (Buckingham, 2019), dado que se trata de los modos en que nos relacionamos con la información periodística en medios digitales. En este sentido, la alfabetización mediática-informacional-digital se vuelve más relevante que nunca.

En la tradición freireana, la alfabetización no se reduce a aprender a leer y escribir, sino que se orienta a comprender el mundo (Freire y Macedo, 2005). En la era digital, es fundamental que aprendamos a «leer» los medios y a hacer cosas con ellos. Esto implica no solamente contar con oportunidades de acceso y desarrollar habilidades en el uso de las tecnologías, sino también lograr comprender y evaluar críticamente las lógicas de los medios y redes sociodigitales (Buckingham, 2006, 2009, 2019; Hinrichsen & Coombs, 2013).

Como señaló Luz María Garay en este mismo blog: la alfabetización digital no se reduce a lo instrumental, sino que implica también elementos cognitivos y comunicativos, fundamentales para el ejercicio de los derechos humanos de información y comunicación.

Foto de Ketut Subiyanto en Pexels.

Activismos: la voz del cambio social

Ser activista es una elección. Se asumen como tales aquellas personas que ejercen una ciudadanía activa, mediante la participación en organizaciones que intervienen sobre la realidad social en la búsqueda de transformarla, a veces al margen de los círculos políticos formales. La cara más visible del activismo es la protesta, pero no es la única. Muchos proyectos activistas se sitúan en contextos locales y buscan transformaciones profundas, de largo plazo, que suelen comenzar con cambios en los estilos de vida y profundizan su impacto con el tiempo (Flores-Márquez, 2019b; Pleyers, 2018).

En nuestros tiempos se habla de activismo digital. El rango es amplio, dado que se incluye en esto tanto a los activistas de calle, que han incorporado los medios digitales en sus modos de organización y comunicación, como a aquellas personas cuyo activismo se limita a las redes sociodigitales (Cardon y Granjon, 2010; Lievrouw, 2011; Milan, 2013; Ristovska, 2017). Si bien las lógicas son distintas, hay un elemento que los conecta: la posibilidad de expresarse públicamente sobre algo. En ese sentido, la expresión pública se refiere a la participación de los sujetos en la esfera pública a través de medios digitales, con el fin de visibilizar problemáticas y visiones del mundo (Flores-Márquez, 2019a).

Para las y los activistas, que asumen una problemática y actúan para transformarla, es muy importante acceder a la expresión pública, ya que por esa vía pueden ser la voz de determinada comunidad o entidad, como las mujeres, las personas desaparecidas, la madre Tierra… Esto permite hacerle saber a las y los otros que existen determinadas problemáticas no resueltas, que son graves y, sobre todo, que hay otros modos de vivir.

La contingencia —con sus implicaciones sanitarias, económicas, políticas, educativas, mediáticas y ecológicas— es un punto crucial para el activismo por dos razones principales:

  • Se evidencia una necesidad de cambios, desde lo estructural hasta los estilos de vida, así como la urgencia de trascender los marcos normativos y hacer realidad los derechos a la salud, la alimentación, la educación, la información, entre otros.
  • La protesta —en tanto cara más visible del activismo— encuentra limitaciones a realizarse en la calle, con las medidas de distanciamiento social. Frente a ello, las redes sociodigitales han sido una vía importante. Pudimos verlo el pasado 10 de mayo cuando, ante la imposibilidad de que las mamás de las personas desaparecidas marcharan, como otros años, en grandes concentraciones en las calles, algunos movimientos convocaron a usar «gritabocas» —cubrebocas con la pregunta «¿dónde están?». Se fuera parte de estos movimientos o no, la expresión pública en medios digitales constituyó una forma de solidaridad y una solución creativa en medio del confinamiento.

Sigamos pensando

La contingencia nos ha obligado a recordar los pendientes que arrastramos a nivel global en inclusión y alfabetización digital. A la vez, nos ha permitido desarrollar habilidades en medio de la necesidad y, además, ha vuelto a poner en relieve la relevancia de la expresión pública para las y los activistas. Esto abre oportunidades para repensar la cultura digital, particularmente en relación con la búsqueda del cambio social.

Para seguir aprendiendo

Dorismilda Flores-Márquez (@dorisfm). Doctora en Estudios Científico-Sociales por el ITESO. Profesora investigadora en la Facultad de Comunicación y Mercadotecnia de la Universidad De La Salle Bajío. Integrante del Sistema Nacional de Investigadores de Conacyt en nivel I. Líneas de investigación: comunicación y cultura digital, comunicación para el cambio social y comunicación intercultural.

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