Alfabetización Mediática e Informacional en el ámbito académico: hacia una ciencia digital abierta y colaborativa

Rosario Rogel-Salazar

Los retos de la comunicación académica y científica en la era digital implican no sólo el uso de ciertas «tecnologías» en el trabajo de investigación y en la docencia, o el envío de correos electrónicos en lugar de documentos en papel. Se trata de preguntarnos si quienes integramos la academia estamos preparados y preparadas para dejar de pensar —y actuar— solo analógicamente, y transitar al trabajo académico mediante el uso extensivo de plataformas digitales.

La transición del papel al pixel en el ámbito académico tiene más de tres décadas de haber iniciado, aún cuando la apropiación de sus elementos es muy dispar no sólo por regiones, sino también por disciplinas e incluso por grupos de edad (Eynon & Geniets, 2016). 

El uso de plataformas y herramientas digitales en el quehacer científico se enfrenta a varios desafíos. Por un lado, investigadoras e investigadores con una trayectoría ya consolidada deben tener disponibilidad para invertir tiempo no sólo para conocer su uso, sino también para adaptarse en la medida en que dichas plataformas y herramientas evolucionan, pues casi todas se actualizan constantemente. Por su parte, las generaciones más jóvenes se enfrentan al reto de conocer y dominar habilidades digitales específicas para el ámbito académico, y garantizar su uso efectivo y cotidiano (Dai et al., 2018).

Muchas de las personas que hoy en día estamos en activo en el medio académico, fuimos formadas en una tradición eminentemente analógica, y nos hemos tenido que adaptar a las plataformas digitales a lo largo de nuestra formación e, incluso, directamente en nuestro desempeño profesional. Algunas lo han podido hacer con mucha mayor agilidad, y para otras ha sido un proceso un poco más difícil. Este es un reto incluso para las generaciones más jóvenes, pues la propia noción de generación nativa digital conduce a la conclusión errónea de que la población joven ya conoce las tecnologías digitales y no necesita atención en las políticas dirigidas a la desigualdad digital (Hargittai, 2010; Sánchez-Navarro & Aranda, 2013).

La transición digital que hemos experimentado en el ámbito académico en los años recientes es indiscutible; tanto en plataformas, como en sus respectivos soportes. En principio, debemos reconocer que tanto los soportes en papel como los digitales tienen sus propias ventajas y nos aseguran ciertas formas de visibilidad, pero también de invisibilidad, y es justamente sobre cómo disminuir esa invisibilidad que es preciso trabajar si queremos que nuestra producción académica llegue a nuestro público objetivo. Para ello, es indispensable una agenda de Alfabetización Mediática e Informacional (AMI) especializada en el ámbito académico; una agenda que nos permita transitar de las habilidades de creación y publicación en papel, a la colaboración y difusión digital. En otras palabras, transitar de una ciencia analógica y cerrada a una ciencia abierta y digital.

La producción académica del pasado: prácticas científicas analógicas y cerradas 

En el pasado toda nuestra producción académica se desarrollaba, de forma exclusiva, en papel: los artículos, libros, cuadernos de trabajo, manuales, antologías de lecturas, notas, en fin, todo lo que producíamos académicamente contaba con sus respectivos soportes impresos. Por lo tanto, la distribución de esos trabajos era una difusión de lo que hoy conocemos como postprint.

Es decir, desde este enfoque, lo que se da a conocer son «los resultados de investigación», no la investigación en proceso, ni los múltiples borradores, ni las notas de laboratorio que dieron lugar al proceso creativo, ni los diversos experimentos fallidos o inconclusos. Sólo se difunden los resultados finales, acreditados, aceptados y legitimados por pares. No podíamos conocer el proceso de investigación en sí, sólo podíamos tener acceso a los resultados publicados en tinta negra sobre papel blanco.

En ese pasado eminentemente de papel, cuando la difusión se desarrollaba únicamente posterior a la impresión, también había una gran cantidad de producción académica difícil de acceder, ya sea porque no llegaba a las bibliotecas, o porque su distribución era errática, porque la mayor parte del tiraje se quedaba en las bodegas y solo tenías acceso a los materiales si conocías personalmente a quien escribió los documentos. A ese tipo de documentos se les conoce como literatura gris. 1

 1 «[…] el cúmulo de material científico que no ha sido arbitrado en la forma habitual y no se halla al alcance de los científicos en cualquier parte» (Laufer, 2007).

Foto de Vlada Karpovich en Pexels.

El presente híbrido de la producción académica

Por supuesto que muchas de las características de la producción científica «del pasado» siguen siendo actuales en el presente, aun cuando es preciso reconocer que «el presente de hoy» ya no es tan analógico como lo antes descrito.

El presente de hoy es un poco híbrido, un presente que tiene un pie puesto en el papel y otro en lo digital. En este presente, por ejemplo, podemos encontrar publicaciones que editan tanto en papel como en electrónico. Aunque dicho «electrónico» muchas veces es una simple versión en PDF del libro que fue enviado a imprenta,2 pero cuya producción se desarrolló pensando en un libro en papel.

Una gran parte de la comunidad académica, hoy en día, sigue ligada al papel. Gran cantidad de colegas tienen la convicción de que los soportes electrónicos no les ofrecen la misma «experiencia de usuario», por no hablar directamente de las dificultades de adaptarse al uso de herramientas digitales. Existe también un segmento de la comunidad académica cuyas estrategias de trabajo han sido poco a poco permeadas por las plataformas digitales; ese segmento es capaz de identificar que un PDF puesto en línea dista mucho de ser un «libro digital». 

Y así conviven, en un mismo tiempo-espacio, grupos de académicos —hombres y mujeres; jóvenes y con larga trayectoria— que le apuestan a la producción y consumo de información científica y académica en papel, con otro grupo que prefiere el uso de plataformas digitales y, otro más, que recurre a ambas plataformas y soportes indistintamente.

Así es nuestro presente y desde ahí tenemos que trabajar. A esta forma de producción académica híbrida —mitad papel, mitad electrónica— le corresponden estrategias de difusión también híbridas, donde la distribución de los materiales que se producen se da tanto previo a su impresión, como posterior a ello.

Por lo pronto —ahora mismo en 2021— no existe, por ejemplo, ninguna revista científica que solo se distribuya en papel; la mayor parte de las publicaciones que se siguen difundiendo en papel cuentan con un tiraje corto (meramente testimonial y al que muchas veces no tenemos acceso), pero con una plataforma electrónica que alcanza una audiencia mucho mayor que la que se alcanzaba cuando solo se imprimía en papel.

2 PDF (sigla del inglés Portable Document Format, «Formato de Documento Portátil»), es un formato de almacenamiento para documentos digitales Este formato es de tipo compuesto (imagen vectorial, mapa de bits y texto). Es muy útil para la lectura de humanos, porque emula al soporte en papel, pero en sí mismo no es legible por máquinas, a menos que se le agregue una capa de marcaje de etiquetas (xml, por ejemplo).

El futuro es hoy: producción académica abierta y colaborativa 

Ahora toca preguntarnos ¿Cuál será el futuro de la producción académica?, ¿estamos preparados, preparadas, para interactuar en ese futuro, que es hoy?

Actualmente contamos con muchas publicaciones que son cien por ciento digitales. Es decir, que no tienen un pasado en papel, que se producen bajo una lógica que no tiene referente alguno en el mundo analógico. En este punto es preciso señalar que la publicación nativa digital es algo más complicado que «dejar de imprimir» y poner los PDF en línea. La lógica, el proceso, la gestión, es completamente distinta y en ello radica la gran diferencia.

La edición «nativa digital» implica procedimientos diferentes, estrategias diferentes. Quizá la principal diferencia sea la forma de gestionar la información; y, por supuesto, el cambio tan radical en las estrategias de comunicar. Quizá, más que libros o revistas, se trata de plataformas electrónicas interoperables de gestión de información académica. Es solo que les seguimos llamando libros o revistas por usos y costumbres.

La emergencia de la comunicación académica en plataformas digitales ha llevado a resignificar algunos conceptos con los que tradicionalmente se analizaba la información especializada; tal es el caso de la idea de literatura gris que —si bien fue muy útil para describir algunas fuentes de información en papel de difícil acceso— pierde vigencia en contextos digitales, gracias a la amplia disponibilidad de plataformas que permiten difundir, recuperar y citar diversos tipos de documentos (Martínez-Méndez & López-Carreño, 2011).

Las publicaciones digitales comparten una característica que las hace sustancialmente diferentes a las publicaciones analógicas: me refiero a la interoperabilidad. Es decir, la capacidad de las plataformas digitales para intercambiar información, ya sean datos, documentos u otros objetos digitales; dicho intercambio es posible gracias a las etiquetas que se colocan a los registros, que permiten compartir información de la información. Es decir, lo que se comparte en web no son directamente los artículos o los libros académicos, no: lo que se comparte es la información de identificación, descripción y conceptualización de dichos contenidos. De ahí que las publicaciones digitales insistan a los autores en la necesidad de enviar, por ejemplo, información codificada y estandarizada que facilita su enlace y descubrimiento: el número ORCID de autor, el DOI de las referencias, el ROR de la institución, por mencionar sólo algunos ejemplos.3

Sin lugar a duda se trata no solo de una nueva forma de comunicar ciencia, se trata —en definitiva— de una nueva forma de hacer ciencia, donde prácticas y tradiciones que tenían siglos de operar, se ven modificadas y renovadas. No es sólo el soporte el que cambia, cambia el concepto de periodicidad, cambia la forma de evaluar, cambia la forma de colaborar e interactuar. Los cambios son radicales e implican la necesidad de preocuparnos por construir desde la propia academia una agenda de AMI especializada en el ámbito académico; una agenda que nos permita transitar de las habilidades de creación y publicación en papel, a la colaboración y difusión digital.

3 ORCID: código alfanumérico que permite identificar —de manera única— a científicos y otros autores académicos. DOI: (Digital Object Identifier), código alfanumérico que identifica de forma única un contenido electrónico, puede ser un artículo, un capítulo de libro, pero también puede ser una imagen, una serie de datos, una fórmula matemática. ROR: (Research Organization Registry) identificador persistente para instituciones de investigación. La gestión de todos estos indicadores persistentes es gratuita.

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels.

La palabra electrónica: prácticas de lectura y escritura en la ciencia digital

Decir que somos habitantes de una era digital es una verdad de Perogrullo. Este hecho nos es tan cotidiano que no es común detenernos a reflexionar acerca de la forma en que el advenimiento de las nuevas tecnologías modifica no solo a quien escribe y a quien se acerca a dicha escritura desde la lectura, sino también a la escritura misma.

Asistimos a un cambio tan radical en la comunicación escritural como aquella que significó la invención y extensión del uso de la imprenta. Y así como los pergaminos transcritos manualmente, los escribas y las diversas tecnologías relacionadas con ello fueron sustituidos por el lento pero irreversible desarrollo de la imprenta, ésta a su vez empieza a modificarse por el desarrollo de las tecnologías de información y comunicación que, poco a poco, comienzan a habitar nuestra cotidianidad y a modificar nuestra relación no sólo con la lectoescritura, sino también con la información.

Para la comunicación académica esto ha significado un cambio en las prácticas sociales que se venían desarrollando. Se sigue haciendo ciencia, pero los soportes que permiten su comunicación están cambiando, y no solo cambian los mecanismos que permiten su escritura, también lo hacen las plataformas a través de las cuales interactúan las comunidades académicas.

Es desde este pliegue de la historia del presente que transita con paso firme a entornos cada vez más digitales, que resulta indispensable preguntarnos: ¿qué implicaciones tienen estos cambios en la educación y en la investigación? No podemos dejar de considerar que los y las estudiantes podrían estar siendo formados en entornos cerrados, tradicionales y analógicos, mientras se enfrentan al intercambio con comunidades abiertas, colaborativas y digitales. ¿Estamos preparados y preparadas para un entorno donde la comunicación científica será abierta, o no será?

Al principio y al final de todo ello no podemos dejar de hacer referencia a la AMI como un reto ineludible que implica convencer a trabajadores, trabajadoras y personal directivo de universidades y centros de investigación de la necesidad de cambiar procesos, de contar con las herramientas y la formación necesaria y de diseñar métodos de colaboración y generar nuevos flujos de trabajo que contribuyan a la integración a estos entornos de forma ágil y eficiente.

Para seguir aprendiendo

Rosario Rogel-Salazar (@rosariorogel | rrogels@uaemex.mx). Doctora en Ciencias Sociales, especialista en procesos editoriales científicos, ciencia abierta, acceso abierto y comunicación científica. Investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de México. Ha colaborado en el desarrollo de metodologías vigentes de evaluación de publicaciones académicas y en el proyecto de Ley de Acceso Abierto en México, aprobado en 2014. Consultora independiente en gerencia editorial.

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